AEON SABLE: Visionaers (Solar Lodge Production 2014)

4/11/14
front10247346_10152601030849597_7617329514150176563_nDesperté con la sensación de haber estado soñando. Esa certeza que acontece, a veces, justo en el momento de abrir los ojos, mucho antes de estar realmente despierto. La seguridad de que algo estaba soñando y que de repente ese algo se había interrumpido. Poco a poco mis ojos se acostumbraron a la oscuridad circundante a la vez que mi mente se iba despejando. Aún era noche cerrada. No sabía qué me había despertado. Un rápido vistazo, nada era diferente en la estancia que al acostarme. Oído avizor, ningún sonido llegaba a dónde me encontraba. Absoluto silencio.

Silencio sorprendente por lo radical, vivo rodeado de ruido más o menos molesto casi permanentemente. Intentaré dormirme de nuevo, me dije, trataré de recuperar el sueño allí donde lo dejé. Como si alguna vez lo hubiera conseguido. Un vago recuerdo muy incrustado en lo más profundo de mi mente. Unas imágenes nebulosas girando sobre sí mismas en la nada más vacía, en el vacío más oscuro posible. Presencias conocidas pero a la vez ignotas. Como flashes. Dioses con cuernos, diablos, divinidades arcanas, antiquísimas. Una percepción extraña, como si tuvieras la seguridad de que el bien y el mal son exactamente lo mismo, no porque sean caras de la misma moneda, sino porque están tan por encima de los mortales, que significan nada y todo a la vez. El tiempo transcurre a toda velocidad, eones transcurren delante de mis ojos, el universo cambia, se retuerce, se expande, se contrae, estrellas pasan velozmente, sensación de caída. Y la seguridad de que nada se puede hacer. El final de la Tierra ha llegado ya.

Poco a poco el sueño vuelve a hacerse cargo de mis sentidos, pero permite a mi cerebro seguir volando libremente, seguir flotando sin control alguno. La respiración se acompasa. Sumergido en oscuridad densa, opaca, pesada, tu rostro aparece en mis visiones. Tu expresión, henchida de amor. Esa infrecuente mirada que quiere decir tantas cosas; esa, justo esa. Tus ojos que acarician mis mejillas como alguna vez hicieron las yemas de tus dedos. Esa sonrisa que no es completamente sonrisa, sólo una sencilla mueca; ese rictus que lo expresa todo. Desprende luz. Luminosidad que lentamente despeja la espesa oscuridad que me/nos circunda. Me permite ver, ahora sí, tus manos extendidas. Cojo tus dedos, unimos nuestros diez y danzamos girando sin eje en medio del vacío. Sin dirección, a la deriva, con cuidado de no soltarnos, de no perdernos, cayendo parece, tal vez subiendo. No hay referencias, solo tus ojos. Solo tú, luz.

Noto el cerebro embotado, como drogado. Es una sensación agradable mientras siga girando, mientras no pierda tus manos. Despacio, muy despacio, tan despacio, me acerco a tu cuerpo y nos abrazamos. Despacio, muy despacio, tan despacio, nuestra piel se va haciendo una. Nos vamos fundiendo en un solo ser. Despacio, muy despacio, tan despacio, sin dejar de dar vueltas, sin dejar de sentirnos rodeados por un infinito mar de estrellas, demasiado pequeñas para ser reales o tal vez nosotros somos ahora demasiado grandes. Giramos, giramos, giramos en una espiral de un millón de luces, pequeñitas, muy pequeñas, tan pequeñas que no consiguen ocultar la oscuridad tupida y pegajosa que nos envuelve. Es agradable, decía, es fantástico sentirte tan yo, tan lo mismo, sentirme tan uno solo, pese a saber que la metamorfosis no es completa. Miro abajo, miro arriba, o al contrario, no hay manera de saber que es arriba. Ya no te veo, solamente te siento. Solo te sé ahí.

Entonces el olor. Tierra mojada. Fría, con un aroma casi imperceptible añadido. No sé lo que es. Humo, mucho humo. Largas columnas de humo negro, más negro que la oscura noche. Aún lejano. Columnas de humo que delimitan, por fin, un horizonte. Las sensaciones se agolpan en mi pecho. Una tristeza infinita se va abriendo camino como los rayos de luz van rajando la impenetrable oscuridad que me/nos rodea. La melancolía que trae la certidumbre de que todo está ya terminando. Lentamente siento que, igual que los rayos de sol empiezan a calentarme la piel, nos vamos separando. Despegamos nuestra carne, centímetro a centímetro. Físicamente no es doloroso, no es el dolor físico el que me atenaza ahora, el que no me deja moverme. Es una sensación en el fondo del corazón, una especie de pesadez crónica, un nudo enorme y muy muy molesto. Como si todo el cansancio del universo se hubiera concentrado en esos centímetros cúbicos que ocupan mi pecho. Seguimos separándonos, muy lentamente. Ya puedo ver tu rostro, tu boca que se abre despacio y susurra algo, en un idioma dulce, muy dulce. Portugués tal vez. Algo sobre el amor perdido y los océanos de tiempo que se interponen. No te entiendo bien, no conozco a fondo el idioma pero comprendo a qué te refieres. Lo leo en tus ojos, lo siento en tu piel que ahora ya es tuya solamente. Lo noto en las yemas de los dedos que en este preciso instante se separan, lo percibo en tu cuerpo mientras observo como se aleja, entre las estrellas y el vacío y el polvo cósmico. La distancia aumenta, mis ojos ya casi no te ven, aunque todavía te sé ahí. Pero ya lejos, demasiado lejos.

Poco a poco recupero la vigilia. El sol entra ya por la ventana y calienta toda la habitación. El sueño es solo un recuerdo aún espeso agarrado a mi garganta. Lentamente me pongo en pie. Hay una luz pequeña al fondo de la habitación. Voy hacia ella y apago el reproductor de CD. Ha estado sonando Visionaers de Aeon Sable toda la noche.

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