SKULLFLOWER/MASTERY: Skullflower/Mastery Split LP (Cold Spring Records 2013)

4/9/13
Cold Spring es hoy por hoy uno de los sellos punteros en los sonidos áridos y difíciles, en los ambientes ásperos y oscuros que suelen definir estilos como el dark ambient, el ruidismo oscuro, el industrial experimental y todo, en general, ese crisol de etiquetas más o menos tangentes con las citadas. Dentro de estas últimas, hay algunos proyectos equidistantes de otros más extremos si cabe, que incluso rozan el black metal y similares. Pues bien, el split del que hablamos reúne en un único vinilo (limitado a quinientas copias, cuatrocientas en vinilo púrpura y cien numeradas a mano y en vinilo verde) el proyecto británico unipersonal de Matthew Bower (Skullflower) más centrado en el dark ambient y el también unipersonal pero americano Mastery, centrado en el black metal y hierbas afines.

La primera parte, la de Skullflower, reúne todos los elementos habituales: atmósferas opresivas, ruidos extraños, ambientes oscuros, sonidos oníricos, fantasmales, etc. Tres cortes de entre siete y nueve minutos aproximadamente, tres cortes que podrían ser en la piel. Tres temas secos, yermos, de una aridez y “dificultad” extremas, llenos de aristas, de puntas que se clavan en cada minuto de sonido. Si se pudiera hacer música que evocara en la misma medida la opresión de una edificación (en ruinas, medio cubierta de arena, con cientos de años a sus espaldas) y la angustia del espacio abierto y profundo (infinito, tan oscuro como, en apariencia, peligroso; lleno de misterios insondables, de –quien sabe- otras civilizaciones). Si se pudiera resumir en veintitantos minutos, sería tal vez como esta cara del disco. Solo tal vez.

La otra cara es radicalmente diferente en velocidad, en agresividad o en violencia incluso. Pero también radicalmente similar en lo profundo, en el fondo de la cuestión. Es, simplemente, otra manera de describir y definir los mismos paisajes. Desde la rabia, desde el cuchillo en vez de desde el martillo. Con hacha y fuego. A través de las delirantes guitarras, los enloquecidos ritmos, es decir, los sospechosos habituales del palo. Fanfarrón, hiperbólico, cercano a la autoparodia, como suele suceder en los extremos. Ácido, áspero, hiriente incluso. Como si de alguna manera fuera el responsable de la destrucción descrita en la otra cara. Un solo tema, de casi dieciocho minutos. Un solo tema que se arrastra y golpea, se expande y repta. Se mete en tu cerebro. ¿Cómo hacer black metal siendo un tío solo? Pues así, supongo. O con una ametralladora.

Un vinilo compartido, en definitiva, por dos maneras de entender el arte, de practicar música. Dos maneras tan diferentes que terminan tocándose por el otro extremo, tan distintas que terminan pareciendo iguales. Una forma estupenda de aproximarse a la locura, de acercarse al borde del abismo, sin rozarlo siquiera. Experimentación, ruido, ambientes opresivos y tenebrosos o ritmo salvaje, enfermizo, también sombrío y tétrico de otro modo. ¿Dos caras de la misma moneda? ¿Dos aspectos tan diferentes como complementarios? ¿Dos maneras de describir lo terrible, lo arcaico, lo remoto? En Cold Spring parecen creer que sí. Nosotros, como no puede ser de ninguna otra forma, tenemos que estar de acuerdo.

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