AURA NOCTIS, 21 de octubre de 2011, Museo del Romanticismo (SGM), Madrid

21/10/11
Viernes 21 de octubre. En este verano-otoño raro que tenemos, hace más calor que frío en la calle. Busco aparcamiento, no es buena zona pero la suerte suele acompañarme. Enseguida aparece un hueco justo a la espalda del Museo del Romanticismo, marco incomparable (que diría Ansón) del evento de hoy. Todavía es por la tarde, el sol no se ha puesto aún. He quedado en ver a un buen número de personas, algunas de las cuales no conozco personalmente, otras llevo sin verlas veinte años. Pero vayamos al grano.


Tarde de estrenos. Empieza la Semana Gótica y tras una imagino (no llegué a tiempo) estupenda charla de Don Pedro Ortega y la obligada visita a la exposición Ensueño Prerrafaelita me preparo mentalmente para el esperado concierto de Aura Noctis. Tenía ganas de comprobar si lo del día de Rosa Crux había sido espejismo o no, ganas de confirmar si la más que buena impresión que me proporcionaron se desvanecía al actuar solos o, por el contrario, constataban lo prometido. Curiosidad también por el aforo, limitado limitadísimo a un centenar de escuchantes pero…



Prueban sonido. La gente se agolpa en la calle. Sí, habéis leído bien: se agolpa. El aforo se va a quedar corto (ya había sucedido con la conferencia antes citada, un buen número de gente se quedó fuera). Piano de cola, el conocido cello eléctrico, pandero y otro estreno: flauta tenor en las manos de Zevlagh. Empieza a entrar público, efectivamente la capacidad de la sala se ve más que superada. Enfados varios y gente que ocupa puertas y ventanas anexas, a disfrutar como sea. La mezcla de gente supone que haya así, en plan revuelto pero bien avenido, “público de museo” y siniestrismo ad hoc; niños pequeños y venerables escuchantes… un poco de todo.


Comienza el espectáculo, para mí hay demasiada luz, para la cámara demasiada poca. Hidden Faces, D.E.S. (Desde El Silencio), Breaking Thoughts y Furor et Luctus. Cada cosa en su sitio, suena fenomenal. El piano de cola en las manos de vertiginosos dedos de Olga, el virtuosisimo cellista de Pilar y el aporte imprescindible de Zevlagh se combinan (de nuevo) perfectamente con las voces, que a pesar de la evidente disfonía de Mrs Molina no desmerecen en absoluto. El público ensimismado guarda silencio (alabado sea Ctulhu, no pensé ya yo que sería posible disfrutar de un concierto sin runrún de fondo) cuando debe y se deja las manos al finalizar cada tema. A ellos les gusta, a mí me gusta y se ve que al grupo también. Los pequeños problemas de ajuste en los volúmenes se solucionan enseguida.


Los tres viajes a continuación. Hay quien dice que el mejor es el segundo: para mí son un todo. Un todo estupendo. Todo sigue su camino, sigue fluyendo. Virtuosismo sí, alma también. Ambos imprescindibles… La mujer del cuadro de detrás del escenario parece disfrutar también. Se acentúa el silencio y aumentan los aplausos. Comienza El Cantar De Las Hojas. Inédita en grabaciones hasta el momento, precioso tema. Enlazado con Progresiva, la belleza inunda sin más toda la sala. Miro atrás un momento. Veo una mezcla de deleite y sorpresa en algunas caras. Está bien eso, que no todo sea asombro y que no venga el placer solo.


Ad Occasum Tendimus Omnes y su mantra golpetean dulcemente. Este tema tiene la virtud (y el defecto) de pegárseme irremediablemente cada vez que lo escucho. Me dura días, de ahí el defecto (y la virtud). Con la conocidísima Marcha Fúnebre de Chopin encadenada a Solitude se satisfacen (todavía más) las expectativas de los más clásicos. Con las abundantes percusiones y flautas (especialmente con la citada tenor) se recompensa a los más “modernos”. Y lamentablemente, tiene pinta de que se acerca inmisericorde el final. Tiempo y repertorio limitados. Ya sabes.

Queda Fantasía. Suena preciosa, como no podía ser de otra forma. Quedan bises? No, no hay bises. Otra vez se hace corto. Y eso es bueno aunque prefiera conciertos más largos. Al fin y al cabo, no ha terminado nada, quedan conversaciones, quedan despedidas, quedan cervezas y kilómetros en coche. Quedan visitas a Mordor y quedan sensaciones, sobre todo quedan sensaciones. Que son ganas de nuevos conciertos, en otros marcos o en el mismo, en otros momentos, con otras canciones, ¿otros instrumentos?, otras voces y las mismas. Y queda, claro, el sempiterno recuerdo de la belleza, el buen gusto y la seguridad de que no será la última vez. O en eso confío.

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